los cuentos
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Escucha, niño mío, ahora que yo y tú, Álvaro, estamos solos, te quiero contar un cuento:
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domingo 1 de noviembre de 2009

Miedos

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Me cuentan, Álvaro, que anoche te despertaste llorando y desasosegado porque, en tu cunita, sentiste el abandono al no poder encontrar junto a ti el regazo materno. Y, me dicen, que no podían acallar tu llanto porque, por vez primera, habías experimentado esa extraña sensación que los mayores hemos dado en denominar " Miedo".

También, niño mío, yo he padecido mis miedos. Esas nubes negras y grises que bloquean y cercenan la Vida cuando se deja de tener una actitud abierta de libertad y plenitud en algún instante de ella y que, en momentos de debilidad, permiten que apaguen la espontaneidad y la actitud de sorpresa que sólo los niños, como tú Álvaro, tenéis, sin reparar que la gran diferencia radica en que los miedos son la única cárcel en la que la llave de la prisión la tenemos nosotros mismos y que si, en lugar de tomarla y abrir la puerta nos olvidamos de ello, terminaremos sintiéndonos cómodos en su interior.

Por eso, trocito de mi vida, ahora que tú y yo volvemos a estar solos, te quiero contar otro cuento. El cuento que Ángela, la tata, me contaba en las tardes de Otoño mientras con la paleta rasera removía castañas pilongas en la carbonilla del brasero....

Me contaba que le habían contado cómo hace mucho tiempo vino a vivir a la Fraga un hombre de la ciudad que era tenido por sabio. Estaba aquejado de un tumor maligno y el médico le había impuesto reposo en un lugar alejado de la urbe, porque has de saber, Álvaro, que las grandes ciudades las hemos convertido en un corral de hombres donde el aire está podrido, el sol enfermo, el agua envenenada y donde los árboles están anémicos en las aceras, los pájaros tienen cárcel de fino alambre repujado y las florecillas necesitan tiesto para ser transportadas entre terraza y balconada, como si de seres paralíticos se tratara.

Alquiló una casita blanca y pequeñita, casi de juguete, en el mismo corazón de la fraga. Costaba poco y no daba trabajo el limpiarla. Envió muebles y una gran librería con todos los utensilios para poder seguir trabajando en aquellas tareas que tanta gloria, reputación y dinero le habían proporcionado.

Y tan absorto seguía en su rutina, que ni siquiera el hombre sabio reparó de que podía coger ramas y piñas caídas en el camino de la entrada, con las que encender la lumbre de cada día, sin que nadie le cobrase ni lo reprendiese; ni que la gente, cada vez que se cruzaba con el forastero, invocaba a Dios al saludarle. Ni siquiera, Álvaro, de que el Aznaitín tenía el cielo más amplio y profundo que jamás había contemplado.

Y en esa ignorancia creía gozar de sus prescritos días de reposo hasta aquella noche de Invierno en la que se apercibió que, cuando los cuervos y palomas torcaces llegan de su viaje a reposar entre la fronda y los animalillos regresan a sus guaridas, los árboles de la fraga quedan quietos, la luz se hace tenue y toda la tierra queda misteriosa, expectante y vacía, porque, querido niño, la fraga en su extensión rugosa y resquebrajada por el estío, asemeja una inmensa tortuga que se dilata y contrae constantemente y que, como la respiración, durante el día inspira aire y con él toda la necesidad de estar y proteger a sus criaturas, y por la noche lo expira y entonces aparece la Sombra desconcertante, madre de todos los miedos. Y aquél desacostumbrado silencio de la fraga, cayó sobre nuestro hombre hasta el punto que sintió que una sensación de densa soledad, le sofocaba. Y, entonces, sintió miedo.

Y para remediarlo, mandó llamar a su joven y bella mujer y a su lindo hijo, tan pequeño y precioso como tú. Y con su presencia, creyó recuperar la Confianza y desechar el miedo al Abandono y a la Soledad.

Pero pasaron siete semanas y aquel hombre, Álvaro, volvió a sentir miedo cuando aquella noche, antes de dormir, besó en la frente a su hijito pequeño y reparó en la sutil tela que, luciendo los colores del iris, suspendía en un dedalito de seda a la laboriosa araña sobre el moisés. Y creyó de repente estar muy lejos de su ciudad, que tenía guardias y bomberos y hasta policía secreta y que él, sin embargo, se sentía en aquel lugar solitario rodeado de lobos y, posiblemente, de víboras. Y un terrible miedo a que algo o alguien pudiera lesionar a los suyos, enturbió su ánimo y su corazón. Así pues, Álvaro, aquel hombre sabio, desinsectó, tapó agujeros y rendijas y con ello, creyó remediar su miedo al Daño, pero restó luminosidad al interior de las estancias de su preciosa morada.

Siete semanas más tarde, ocurrió un hecho inesperado. Fusa, la comadreja de la fraga, hambrienta por varios días de frustrada cacería ante el precipitado cobijo de los animalillos en un otoño anticipado y repentino, decidió acercarse a los contenedores de basura de la blanca casita, y su estrépito fue tan grande como su inexperiencia. Nuestro sabio se despertó a media noche sobresaltado y las sombras de la luna llena deformaron imágenes y sensaciones de tal modo que creyó ver en la sombra de Fusa figuras humanas amenazantes y prestas a asaltar su hogar y arrebatarle sus pertenencias. Escuchó con los ojos abiertos en las tinieblas y rezó mentalmente hasta que el silencio volvió. Luego, el sueño devoró sus temores, pero cuando el sol del amanecer rompió las tinieblas, nuestro amigo puso rejas en todas las ventanas, forjó la puerta de entrada y compró un mastín para vencer su miedo. Y, sin embargo, Álvaro, tampoco logró ahuyentarlo, pues el cerramiento y blindaje de la modesta casita, le privaba de la luz blanca de la mañana que invade la fraga como regalo del Alba y hasta dudaba de la fidelidad de su perro guardián a quien bautizó como "Segundo" ( ¡ tanto era el miedo que sentía al paso del tiempo¡), pues al confiarle la guarda de su casa y su seres queridos, no podía evitar sentir la Inseguridad de haber dejado en manos ajenas su propia vida y hacienda.

Y pendiente de aquellas preocupaciones, sintió miedo a que su estancia en la fraga, ocupado de acometer remedios que garantizaran su bienestar, terminara por convertirse en temible Rutina que quebrara su creatividad intelectual. Y mandó establecer un enganche al poste vecino para conectarse con la ciudad y, al hacerlo, creyó vencer aquel miedo, pero perdió el sonido del canto de las oropéndolas que anidan en el nogal del porche, junto a la acequia, y el concierto que en la incipiente noche, regato arriba, se extiende por la espesura del monte cuando, los recién asentados machos del ruiseñor común, vueltos a sus tradicionales feudos, lanzan al aire sus mensajes de amor a las hembras de la especie.

Preso de tantos miedos vivía, que tardó siete semanas más en reparar lo que el espejo del salón delataba con la insolencia que sólo la realidad tiene. Y cuando notó las primeras canas adornando sus sienes, temió al Cambio porque pensaba que la cercana jubilación truncaría su carrera. Y un ansia de tener y poseer se apoderó de su ser. Trabajó de modo frenético, casi desesperado. Apenas salía y casi se relacionaba con su mujer ni su hijito. Se rodeó de premios, títulos y propiedades y contrató planes de pensiones y seguros de vida en un intento de vencer aquel terrible miedo a la Pérdida, que asfixiaba su existencia.

Y en todas esas preocupaciones y miedos se debatía, hasta que un día encontró a Perico "ponela". Lo vio caminando por la cuneta que perfila el ramal que comunica la fraga con el pueblo. Observó su torso desnudo y que con la camisa, anudada, se protegía la cabeza. En la mano derecha, una vara de almendro con la que azotaba espinos y apartaba ortigas, llevando bajo el brazo izquierdo la botella de tres cuarterones de vino blanco y peleón que en la Venta de Josito diariamente le suministraban. En su boca, una rama de espliego, en sus ojos la luz de Mágina y en sus labios una alegre canción. Se detuvo el forastero con la excusa de interrogar el lugar de aprovisionamiento, pues tan encerrado había pasado toda la vida desde que pisara la fraga, que nunca se atrevió a explorar los pazos vecinos ni traspasar la Vereda Real que desemboca en la Dehesa de encinos y quejigales. Y Perico le regaló su tiempo y su charla, pero cuando fue interrogado por sus propiedades en aquella vecindad, él le contestó que no tenía tierra alguna, más que aquellas que quisieran darle por sepultura el día en que dicho momento llegara; que amaba más que nada a aquella tierra porque siempre la trabajó y que se sentía afortunado de tener, cada momento, los pulmones llenos de aire.

Sucesivos encuentros, buscados de a propósito, vinieron a fortalecer el vínculo de Amistad entre sabio y hortelano. Y con " Ponela", nuestro hombre sabio aprendió a distinguir el canto del jilguero del de la perdiz; descubrió la diferente forma de anidar de todas las aves de la fraga; la madriguera de la liebre en la tobera seca que pasa frente a la acequia y hasta los huevos que la culebra deposita en primavera en el húmedo tojal que crece bajo la alberca "del tío patalata". Nunca probó mejor fruta que aquella que podía coger, desprendiéndola, del ciruelo en la base del pozo sifón de la linde; ni mejor regalo para su esposa que los pendientes de cerezas que cuidadosamente cogía, en las primaveras, con pedúnculo unido, descubriendo que, también, después de haber amado, se puede volver a Amar. Ni mejor juego que rastrear con su hijito los ponederos del gallinero a primera hora de cada mañana, ni que beber, de bruces, el agua del caz, tan fresca y limpia, como vena de sangre del puro y generoso corazón de la Tierra.

Y fue entonces, sólo entonces, cuando aquel hombre tenido por sabio, comprendió que se nace para no hacerlo de nuevo; que la grandeza de lo que somos no podemos perderla jamás porque ni se gana ni se pierde lo que simplemente es.

Recuerda, pues, Álvaro que la persona realmente sabia no es la que acumula sabiduría, sino la que saborea y disfruta la Vida deshaciendo los nudos vitales que tapan y callan sus sentimientos, pensamientos y acciones apagando su esencia divina. Porque el alma no gana ni pierde, no nace ni muere, no negocia ni manipula.


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Si así lo haces, nunca tendrás Miedo a perder lo que nunca puede perderse.


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viernes 2 de octubre de 2009

"Cuentos para Alvaro" ganador

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martes 1 de septiembre de 2009

Destino y Providencia

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Parece un dinosaurio dormido y sin embargo, Álvaro, es un monte.El más precioso monte de nuestra Fraga: El Aznaitín.

Tan hermoso es, que todas las nubes que por su cresta transitan no pueden resistirse al deseo de descansar en su lomo y regalarle, agradecidas, el contenido puro del líquido que llevan en su vientre. Otras, las que más permanecen, emplean su tiempo en revestirlo con un hermoso velo blanco para hacerlo visible desde todos los contornos de Mágina.

Él, imponente, se limita a guardar en su seno los dones de todas ellas sin importarle su color o tamaño, porque es sabio y conoce el valor de que lo que se regala sin motivo, únicamente se hace por amor.

Y aunque abriga los mejores pastos y hermosas y profundas grutas con leyendas de magníficos tesoros nunca encontrados, él siempre prefiere estos regalos que la Naturaleza le ofrece simplemente por amor. Y tanto y tanto amor recibe, Álvaro, que su vasto interior está tan pleno de líquido como las ubres de una ternera recién parida.

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Se diría que es tanto lo que en sus entrañas almacena, que habría podido reventar en un acceso de exhuberancia si tu bisabuelo, Álvaro, no hubiera acudido en su ayuda mandando construir, a los pies de su falda, un pozo que sirviera de aliviadero a sus demasías y excesos.

Por la bocamina del pozo discurre un cuerpo de agua que aflora en el encauzamiento que cruza toda la fraga: es el Caz de la fraga. Plácido y bello, como una lámina tersa y luminosa que ondula, parece una enorme serpiente, hoy azul, gris mañana, y que, a veces tiene oro en sus arrugas cuando el sol de primavera se asienta sobre las copas de los verdes olivos. Otras, el orgullo del cielo estrellado le regala su faja tachonada de ilusión de luceros y él lo luce como un cinturón adornado con brillantes con el que pretende seducir a la luna cuando se asoma a mirarse, desdibujada y siempre temblorosa..

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Desfila el caz entre abedules, álamos, olivos y mimbreras, que en invierno están firmes como soldados presentando armas y en verano tienden su toldo bajo el que pasa con sus cuchicheos y frescor, mientras las ramitas de los árboles vecinos al cauce dejan caer sus hojitas como cartas de amor a esa desconocida y remota enamorada que nunca responderá a su misiva, pero a la que necesitan concebir en ese espacio equivalente que justifique el propio hecho de su existencia.

Viéndolo así, cubierto en su superficie por innumerables seres que se desplazan contra corriente con patines en sus patitas, arrastrando multitud de burbujas, como náufragos con cabecita de cristal intentando asirse a la retama, y animado en su entraña por los componentes de un formidable coro nocturno de ranas, se diría que es feliz, pero el siempre soñó con ser torrente incontenido.

.Por eso, nuestro caz siempre sintió el fatalismo de quien se considera encauzado. Su origen era así y, lo peor, es que siempre seria así, y su curso vital comienza, discurre y termina allá donde el destino lo dispuso y nada ni nadie podrá variar su misión prefijada por otro.

Pero un día, aprovechando aquel lluvioso otoño, solicitó a los árboles de la Fraga que vaciaran las hojas de sus ramas como si fueran enamorados que arrojan flores desde sus ventanas. Y tanto y tan gran fue su acúmulo, que estancaron el caz haciendo una tupida presa marrón en la boca de su cauce. El caz no tardó en desbordarse y su contenido acabó vertiéndose por toda la superficie de alrededor, anegándola y dando fertilidad a cuanto a su paso encontraba. Y florecieron jaramagos, tulipanes, amapolas, violetas, albahaca y hierbabuena. Y junto al caz, el bisabuelo plantó frutales y un hermoso vergel de hortalizas que convivió, para siempre, con los plantones de olivos centenarios.

Fue entonces cuando comprendió, Álvaro, que aquella decisión no fue sino una expresión de su propia libertad capaz de intervenir su propio curso natural, porque actuando sobre su discurrir, fue capaz de modificarlo.

Mientras tanto, Álvaro, el bisabuelo murió creyendo que aquella porción de superficie de la Fraga que ahora inunda cada día el caz, siempre había estado destinada a que él plantara un vergel. Incluso aunque él nunca hubiera intervenido.

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Recuerda siempre, Álvaro, que solo hay una vida que vivir. Y que si al hacerlo se la sufre, el hombre piensa en el Destino. Si, por el contrario, la goza, creerá en la Providencia.

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¡ Vive¡




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viernes 29 de mayo de 2009

Grises

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Escucha, Álvaro.

Mucha gente opina que el color gris es el anticolor. Esa esencia que brota de atenuar el blanco con el negro, o viceversa. Que es un color contaminado, devaluado y asociado a la tristeza, a la melancolía, a la falta de talento o a las actitudes indecisas, generadoras de melancolías, de la prudencia mediocre de optar entre lo que nos conviene y lo que necesitamos, de la renuncia a la aceptación de que las cosas son como son y para de contar.

Por eso, dicen, que los sueños no emplean el gris, que la belleza y la pasión lo desechan y que ese es el motivo por el que, jamás, podremos encontrarlo en la paleta de los colores puros que conforman el arco iris.

Sin embargo, los que así piensan ignoran, niño mío, algo que sólo tú y yo sabemos. Porque ninguno de ellos ha permanecido, quieto, sentado sobre una gran roca gris lunar de las del Cerrillo de Costalo de nuestra Fraga con la mirada puesta en esa nube color topo, que todos los días de invierno se apoya e instala en el monte Aznaitín; una nube pesada y desmedida que abruma el horizonte y que jadea ráfagas azotando, con su aliento húmedo, el bosque de olivares para que exhiban el envés gris de sus hojas desafiantes como navajitas plateadas.

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Que cuando nuestros zapatos torpes doblan los jaramargos y zarzas, somos capaces de descubrir ramas de roble vestidas de musgo gris y que, cuando somos capaces de desprendernos de la superficie endurecida de nuestra ánima, ocupaciones y aborrecimientos cotidianos, resurge la tímida liebre con su camada de gazapos grises, color nube de primavera, que alumbró al abrigo de la madriguera instalada en la tobera que cruza el camino que conduce hasta el caserío donde Perico "ponela" y "La Pequeña", repasan su larga vida al calor de la lumbre que se delata a través del humo gris de la tosca chimenea. Y que, en ese silencio envolvente, hasta la perdiz y las torcaces se atreven a sacar sus polladas a la calva del monte, rodeada de pinos inmóviles, para que la blanca y fría luz de la luna de atardecer, luzca los grises del plumón de sus pechugas.

Distingue, pues, Álvaro, la luz de cada día de la semana, más que los colores, porque el propio sol de entre semana tiene una luz que alumbra y aún calienta, pero no anima. Las cosas son como son, sólo que los hombres tardamos en verlas.

No hay personas grises, sino almas sedientas.

miércoles 11 de marzo de 2009

El amor y el tiempo

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amor y tiempo
amor
Hace mucho, mucho, Tiempo, vino a vivir a la Fraga un joven marino. Hace tanto tiempo ya, que ni yo, ni siquiera tus bisabuelos, Álvaro, llegamos a conocerlo.

Cuentan, que estaba tan impregnado de Amor a la mar, que hasta tras la neblina que reduce el horizonte al amanecer, creía adivinarla. Y que, en las nubes bajas, veía formas y siluetas de barcos con sus velas blancas desplegadas.

Dicen que traía la mar en sus retinas y que, por eso, siempre la tenía presente. Por eso, y porque como buen marino atávico y esencial, soñaba.

A menudo soñaba con ella, con la mar. Cuentan que contaba que se veía, en sueños, mecido por su oleaje ya empujándolo, ya separándolo, en breve contacto, como de besos. Que luego, el lienzo de aquella sábana azul cedía y lo hacía descender, suavemente, como un trago de vino dulce, hasta penetrar en el fondo de su seno profundo igual que a uno más de los infinitos seres que habitan su regazo y que de ella se nutren.

Comentan, Álvaro, que nunca habría sido un buen labrador. Los labradores miran el suelo para trazar el surco en la tierra y al cielo no para admirar las estrellas, sino para implorar la lluvia o para maldecir el pedrisco, pero jamás sueñan.

Amaba, más que a todo, a la mar. Sin embargo, nuestro joven huésped no tenía otra alternativa, Álvaro, pues desde aquél aciago día en que el cabestrante enrolló su pierna izquierda, la sierra del cirujano no sólo amputó el miembro, sino que cercenó su vida y su Sueño.

Alquiló la más humilde cabaña de la fraga y pasaba los días en ella recluido del mundo, llorando. Con la lengua, recogía las lágrimas que resbalaban su rostro como queriendo encontrar consuelo en su sabor de salitre marino. Así, languidecía y se apagaba.

La Madre Naturaleza, apiadada de su criatura, quiso socorrerla. Por eso, cada vez que el joven marino lloraba, las lágrimas que regaban el pequeño huerto de la entrada hacían brotar rosas que, dependiendo del momento solar y de la intensidad de la amargura de ánimo, eran de una variedad diferente. Así fue como, frente a la puerta de la humilde cabaña, con el Tiempo, fue creándose el más precioso jardín de rosas que en el mundo existió, pues crecían las blancas Kaiserin Augusta Victora, junto a las amarillas Souvenir de Claudius Pernet; la Zigeuner Knabe con su carmesí púrpura; las Quuen Elizabeth asalmonada y las Elizabeth of Gladis, rozaban con su prima hermana, la rosada France, mientras el rojo coral de la Fragant Cloud, emulaba con la Peace y L´Etolile d´Holande. Tambien, Álvaro, crecía la más pura y bella de todas las rosas: La Iceberg, diminuta y blanca como una estrella en el cielo de invierno.

Nuestro joven marino pronto se hizo famoso en toda la fraga y su contorno. El castaño, el roble, el pino, el abedul y todos sus primos, aprovechaban las suaves ráfagas del Viento para mecerse y rozar sus copas arbóreas y transmitirse, mutuamente, las últimas noticias y novedades que trataban sobre la admiración que despertaba el jardín del marino. La zarza y las mimbres, enroscadas en los postes eléctricos, emitían mensajes sin cesar, pues su dueña, la Envidia, propalaba insinuaciones acerca de hechizos y embrujos, mientras que los labriegos hablaban de un guano de gaviotas y pingüinos que decían que el marino almacenaba de sus viajes de ultramar.

Relatan que el marino se hizo muy rico y famoso. Que todas las casas nobles y hasta las realezas continentales, encargaban los ornatos florales de sus eventos al huésped de la Fraga. Pero que, sin embargo, Álvaro, el marino seguía triste porque estaba lejos de su Amor que era la mar.

Como no cesara de llorar, la Madre Naturaleza acudió a sus ruegos, nuevamente.

- Madre Naturaleza- exclamó el marino- llévame junto a mi mar amada.

- Yo rijo el destino de los Hombres y no puedo ausentarme - respondió-. Más ordenaré que te sean enviados todos mis colaboradores por si alguno de ellos puede ayudarte.
Y la Fraga se sumió en días de profunda calma.....

Un día, apareció por la fraga una nube, joven y torpe, que inconsciente e inexperta, bajó tanto para admirar el jardín de flores del marinero, que rasgó su cenicienta envoltura con las altas copas de los pinos y todos los granos de agua de su negro vientre, cayeron. Llovió tanto que faltaba aire para respirar, y en varios días nada pudo moverse bajo la lluvia. El espacio se llenó de hilos líquidos como una cortina flotante. La Tierra, aterrada aún por la experiencia diluviana, desplegó toda su sabiduría para no anegarse: ordenó a los musgos ensancharse, a las piedras de los caminos que se adhirieran; cada hoja, que cargase con todas las gotas que pudieran soportar, y a los hongos, esos enanitos subterráneos maliciosos y burlones, que desplegaran sus paraguas....

Pero todo parecía resultar inútil. Tras más de diez días, al cesar la lluvia fue cuando el marinero contempló un remedo de su Mar amada frente a la puerta de su modesta cabaña. Y sin embargo, prorrumpió a llorar con más fuerza.

- Madre Naturaleza, dijo nuestro amigo, mi jardín de rosas está cubierto por una gran masa de agua. ¡ Por favor, sálvalas que se ahogará su fragancia¡

- Creé para tí un mar en esta verde y quebrada extensión de suelo, para que pudieras elevar su ausencia a lo más íntimo de tu ser, en su propia compañía - dijo ella, extrañada.

- Es que yo la amé tanto y, sin embargo ahora... - se interrumpió el marino con avergonzada melancolía, bajando la mirada.

- El amor nunca muere, es eterno y universal, pero tan sólo guarda todo aquello que sientes cada vez que surge en la memoria de tu alma como algo bello e imperecedero- le respondió.

Recuerda, pues, Álvaro. No dejes nunca morir aquello que te mantenga vivo.
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Utiliza tu cordura, mantén limpia tu alma y firmes tus pasos y tus convicciones, porque sólo así ennoblecerás tus actos.
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El Tiempo está en tu mente, el Amor, en tu corazón.

sábado 17 de enero de 2009

El sillar

Escucha, Álvaro, pues hace ya hace muchos lustros de esta historia. Es la historia del sillar. Aún no había tomado ese nombre. Ni siquiera existía. Era, sólo piedra; piedra berroqueña esparcida por los montes y las sierras del Aznaitín, cuando en las serranías y oteros de Mágina cantaban canciones de amor.
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Le pediremos, Álvaro, que no se enfade. Yo, tan solo escuché su historia un día que los pinares de la Fraga referían viejas historias de enamorados.

Fue en el antaño, cuando por los valles corrían romances de amor y cantigas de serrana y el viento, que silbaba entre las rocas, y las piedras llevaban ecos lastimeros entre sus senos. Sonaban igual que esas flautas, quejidos de los campos que cantan en el atardecer, cercanos los rebaños y en reata hacia el recuento.

No eran latidos de corazones de hombres. ¡Son a veces tan falsos¡. Eran gemidos de las piedras, piedras que lloraban cautivas de amor. Su amor ¿ quien podía ser su amor?. No eran ni los pinares en flor, ni los riachuelos de romance ni los alcotanes en vuelo. Siempre el amor busca lo imposible, eso que siempre se ama; lo posible sólo se ama un vez. El amor de las piedras de la sierra y de las rocas de los ribazos era…el hombre.

Pero las piedras cantaban y cantaban en balde, pues sus canciones se perdían entre valles y los riscos. ¡Eran tan traidoras las hondonadas de las sierras…¡. Pobres de las piedras que querían declarar su amor al amado y nunca podían llegar hasta él y nadie quería llevarles su embajada de cariño.

Era una noche, con luna llena y tres estrellas en línea. Sonaban arpas y rabeles, gigas y albogues, gaitas y añafiles. Eran los desposorios de la luna y los pinares. Hasta las piedras lloraban de amor. Y a la mañana siguiente, cuando el rocío, perla de los campos, irisaba las piedras sollozantes, los gemidos de las piedras se esparcían por todos los ámbitos de Mágina..

Entre las piedras discurría un río saltarín y gozoso. Aún era joven y no sabía de males de amor. Y al escuchar el llanto de las piedras, quiso consolarlas. Siempre el consuelo es de los más pequeños. Y el río, saltarín y gozoso, fue hasta el poblado a llevar misivas del amor preso por su misma fuerza, y sonriente en la lejanía. Y el picapedrero cojo, que también estaba enamorado de la sierra y de las piedras que se asomaban en lontananza, le cantó mudos quejidos de amor.

Una tarde, el pueblo se cubrió de niebla. Entonces, las piedras, con rabia infinita, se arrancaron de sus cimientos y se lanzaron por las cuestas y los terraplenes, sin mirar obstáculos, ciegas, buscando a su amor que había desaparecido. Y en monstruosa tormenta y en armonía terrible de preludios de infierno, bajaron las piedras de la sierra, una a una, hasta acercarse al taller del picapedrero. Se colocaron en pie de batalla pensando en algún posible rival, mas cuando la niebla desapareció a la aurora siguiente, se sintieron enormemente felices, pues tenían a su enamorado cerca de ellas. Y entonces, como obsequio, se levantaron y formaron muro ciclópeo.

Y desde entonces, los hombres acariciaron los bloques pétreos. Sus manos se hicieron ásperas de las constantes suaves caricias que le prodigaron a las piedras, y siguieron más de mil años, eternamente, enamorados de ellas. Y cuando con mazo y cincel las acarician, las piedras chirrían canciones serranas que son para ellos. Y es entonces, cuando las palomas zurean entre las piedras del templo, cuando se repiten y reverberan ecos de amor ardiente y promesas de querer eterno.
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La infancia y la niñez son, Álvaro, el taller donde se pule y acrisola la rudeza de la piedra natural. El mazo y el cíncel son los padres.
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Déjate desbastar a golpe de cariño porque, aún incomprendido, su profundo amor te hará Hombre.

jueves 1 de enero de 2009

El coleccionista de sonidos

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Vive en nuestra Fraga, Álvaro, un hombre sabio al que la Madre Naturaleza ha dotado de una mente penetrante y una curiosidad por conocer las cosas, tan extraordinaria como la que tú tienes ahora. Le gusta disfrutar observando los pájaros que anidan en la diversidad de árboles que crecen en la fraga y se detiene a escuchar su diferente canto. Se asombra cómo consigue, cada uno a su modo, transformar el mismo aire que respiran, en muy diferentes cantos.

Sucedió que una noche, oyó un sonido delicado junto a su cabaña, y no pudiendo imaginar que fuera otra cosa que el canto de un nuevo pajarillo viajero, fue a cogerlo; pero al llegar al camino que linda con el pazo, encontró a un pastorcillo que soplando por un tubo de caña agujereada y moviendo los dedos sobre la caña quemada, abriendo y cerrando diferentes agujeros, producía aquellos sonidos semejantes a los trinos de los pájaros, pero de modo diferente.

Volvió a su cabaña. Pero lejos de entristecerse, reflexionaba sobre el hecho de que, si no hubiera conocido a aquel muchacho, nunca habría aprendido que existen en la Naturaleza diferentes modos de producir cantos y sonidos delicados y bellos. Mientras esto meditaba, descubrió que esos sonidos podían producirse no sólo por el canto de los pájaros de la fraga, sino también por el aleteo de las abejas, los mosquitos o los murciélagos cuando rasgan el negro velo de la noche; el roce de los distintos vientos sobre la copa de los diferentes árboles cuando imitan el oleaje del mar lejano; el roer de la polilla cuando se confunde con el ruidillo de dar cuerda al reloj; o bien, golpeando con un arco unas cuerdas sujetas a una pieza hueca de madera, o frotando con la yema de los dedos el borde de una copa, o castigando una piel tersa y seca de conejo, o empujando una puerta con pesadas bisagras metálicas....

Y se propuso conservar todos esos sonidos y sensaciones sonoras, hasta el punto de que, transcurrido cierto tiempo, comenzó a pensar que conocía todos los modos de cómo se producen los sonidos.

Sin embargo, niño mío, un día de agosto, cuando en la hora de la siesta la Fraga se aletarga y duerme, el hombre sabio se sintió sobresaltado por algo que le dejó perplejo. Era el canto de una cigarra.



Tras localizarla y atraparla, la tomó en sus manos. El aire era tan sofocante que ni siquiera entre sus manos logró disminuir el gran ruido que hacía. Le tapó la boca y le paró las alas, pero, sin embargo, no logró detener su canto ni sonido metálico. Finalmente, levantó la cubierta de su pecho y vio unos cartílagos duros pero sutiles, por lo que creyó que el ruido procedería de sus vibraciones. Y los rompió para hacerlos callar. Pero resultó inútil, Álvaro.
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Desesperado, hincó una aguja que atravesó a la criatura, quitándole la vida, junto a la voz, de modo que al actuar así, jamás fue capaz de descubrir dónde tenía el origen de su canto.

Abatido, regresó a su cabaña y desde entonces, aquel hombre sabio siempre desconfió de su saber. Así, cuando alguien le preguntaba cómo se originaban los sonidos, les respondía, con humildad, que conocía algunas maneras, pero que estaba mucho más seguro de que existían mil otros modos desconocidos e inimaginables.




Respeta, pues, Álvaro a la Naturaleza y ten presente que Ella es tan magnánima y generosa que hasta nos resulta, siempre, inabarcable.


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Almería, en el Primer día de 2009