los cuentos
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Escucha, niño mío, ahora que yo y tú, Álvaro, estamos solos, te quiero contar un cuento:
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lunes 4 de enero de 2010

Los Reyes de la Fraga

(La segunda vida)
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Porque los Magos existen. Y porque a tí, Álvaro, pronto te visitarán, quiero contarte hoy este cuento. Un cuento de Navidad, precioso, que un día oí contar a Fendetestas, ese hombre bonachón convertido en bandido asaltador de los caminos y veredas reales que atraviesan nuestra Fraga, no por vocación, sino por el mero hecho de completarla en su romanticismo y para no dejar en ella ninguna plaza vacante.

Abre tus curiosos y lindos ojos, trocito de mi vida, y escucha el cuento que a mí, de mayor, me contó:

" David se despertó sobresaltado por el martilleo insistente del teléfono. Alargó la mano a la mesita de noche y sin abrir los ojos contestó. Sólo pudo articular varias frases entrecortadas y colgó. Sonrió y lentamente entreabrió los párpados, seguro de encontrar lo mismo que todos los días desde hacía algo más de diez años. Sin embargo, era una verdadera mañana de Reyes, la mejor de su vida. A pesar de tener casi treinta y dos años aún mantenía el gusanillo que le impedía dormirse con normalidad en la noche del cinco de enero. Su conciencia era implacable y con furia de sargento pasaba revista a sus escasos y diminutos logros, magnificando la montaña de fracasos que le aprisionaban el pecho y le prometían un nuevo año de carbón.

Fue recordando los regalos recibidos a lo largo de su vida. Lo más antiguo era un conjunto de sombrero de vaquero, revolver con funda y una chaqueta de imitación de cuero. Disparaba una especie de petardos que soltaban chispas. Aquellos reyes tenían unas ideas no muy bien vistas hoy día. Luego, con diez años, vino la bicicleta azul, su único vehículo realmente propio, donde cabalgaba como un centauro después de aprender a tomar las curvas sin tener que bajarse y volver a subirse. Ya no hubo más regalos: siempre ropa. Aun recordaba el jersey a rayas con el que salió al cumplir los dieciséis a comerse toda la parte femenina del mundo. Volvió a casa cansado de dar vueltas todo el día y con el estómago vacío. Con el mismo ánimo fueron pasando muy deprisa los años, como huyendo, sin tiempo para hacer fiestas, todo era el estudio, las futuras oposiciones, la vorágine de la incipiente madurez. Luego el accidente y después nada.

Esta navidad iba a ser diferente. Realmente casi todo le daba igual; las luces que adornaban las calles, los farolillos con la cara del Papá Noel importado, las campanas y las ramas de muérdago. Un derroche de imágenes, brillos y destellos a los que era totalmente ajeno. Tampoco veía los escaparates de las tiendas de juguetes, con imitables muñecas embarazadas, divorciadas o transformistas y fornidos salvadores del orden mundial a lomos de vehículos demoledores. Miraba a todas partes pero no veía nada. En su memoria estaba la última navidad con luz. Con ella se fueron los amigos, las reuniones y las bellezas. Ahora únicamente había sabores, olores, el bullicio de las calles que casi no les dejaban andar a él y a su perro, sus ojos en otro cuerpo. Otros nuevos iban a llegar esa mañana. Le acaban de avisar del hospital. Tenía que darse prisa en vestirse y bajar al portal. La ambulancia no tardaría más de quince minutos en venir a recogerle para sacarle del mundo de la noche constante, de la oscuridad infinita. Otro “desgraciado accidente” había quitado de en medio a un joven imprudente, que ebrio y veloz había empezado el año con mala suerte. La suya iba a cambiar al amparo de unos padres desconsolados pero solidarios.

Miró hacia su memoria buscando las figuras de los Reyes Magos de su infancia. De pequeño siempre iba a ver el belén instalado en la tienda de electrodomésticos del barrio, con agua corriente, un enorme castillo de Herodes, los pastores encaminándose al nacimiento y los tres reyes magos a lomos de camellos enjaezados con arreos de oro, vestidos con largas túnicas, coronas refulgentes y pajes a pie, de la mano de los cabestros. Sin embargo, por alguna razón extraña conseguía tan sólo la imagen de una pareja, de aspecto bastante normal, cogidos de la mano, con el cabello entrando en la nieve, vestidos con ropa actual, de calle, sin lujos, que le traían un cofre y se alejaban de vuelta a casa, con los ojos hinchados, pero buscando una nueva vida para los de su hijo. David les sonrió agradecido y se apresuró. La ambulancia estaba en la puerta y hacía sonar la sirena, como una canción de navidad muy especial.".

Y cuando esto leas o te lo lean, comprenderás, niño mío, que hoy los Magos no traen incienso, ni oro ni mirra y, quizá, tampoco juguetes.
Que no sacan conejos de la chistera ni palomas de los bolsillos, pero que cada día que alguien, Solidario y con Generosidad sin límite, es capaz, con sus actos, de ofrecerte lo suyo que más ama, no sólo te está brindando la oportunidad de poder vivir una segunda Vida, sino que está haciendo magia desde el Corazón.


La Fraga- diciembre 2009

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viernes 25 de diciembre de 2009

Ha nacido el niño

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A veces, niño mío, niño nuestro, las personas mayores llegamos a cuestionarnos los grandes axiomas que rigen nuestras vidas con el único anhelo de trascender buscando nuestra Verdad. Somos tan endiabladamente inquietos y curiosos que, en un afán de superación personal, intentamos no dejar nada preestablecido si no somos capaces de comprenderlo por nosotros mismos. Y puede, Álvaro, que ese sea el mecanismo más eficaz que las personas tengamos para avanzar en el camino de nuestra Vida personal para hacerla más rica, distinta y única. Quizá la única razón que se tenga para que merezca la pena ser vivida.

Te cuento esto, sangre de mi sangre, porque es en estas fechas que yo y tú, Álvaro, estamos disfrutando con la intensa ingenuidad de tu niñez, cuando miles de personas adultas desplazan el gozo de la Navidad para plantearse cuestiones socioculturales de su primigenio significado para desembocar en su actual rito consumista donde la jactancia del ser, tener y poder se convierte en la esencia del todo. Y que cuando cuestionamos el Misterio desde unos ojos de vivencia progre, pagana y profana, pretendemos justificarlo con ideas bellamente envueltas en el celofán de un pseudo-culturanismo que nos lleva a emparentar la celebración de la Navidad con celebraciones solsticiales de antaño, a discutir sobre la palmera o el pesebre como lugar del Nacimiento o, incluso, a enfrentar a Venus, a Sirio o al mismísimo cometa Haxley a la hora de atribuirle el papel de cuál de ellas fuere, desde el punto de vista pragmático y astrológico, la protagonista de la ruta seguida por los tres frigios que todavía, por siglos, siguen repartiendo juguetes en la noche más mágica del año.

Y ya, Álvaro, casi nadie habla de que en la noche de un veinticuatro de un mes de diciembre, nació, no un dios, sino un niño.

Por eso, trocito de mi vida, quiero que nunca olvides que existen padres que en días como éste y desafiando irresponsablemente las predicciones meteorológicas, conducen vehículos con el único propósito de sorprender a sus hijos, porque necesitan ver esos ojitos tuyos abiertos y espatarrados ante el juguete deseado. Padres para los que la palabra "aguaplaning" sólo es un término oído en los telediarios cuando se habla de tremendos accidentes sufridos, siempre, por otros y que sólo entienden su completa dimensión cuando, en un día como éste, se produce la vuelta en trompo de su coche y encuentran, como único lecho de acogida, los matorrales del profundo terraplén de un puerto de carretera en donde, a cada vuelta de campana, se sienten inmortales mientras la congoja de la milésima de segundo que transcurre hasta la inmediata siguiente, los pone a prueba. Y que, cuando atrapado en un amasijo de hierro, dolor y recuerdos, imploras el rescate que te aferre a la vida que minutos antes infravalorabas por nimios problemas cotidianos, eres capaz de contemplar las secuencias de una vida que sientes que merece la pena ser y seguir siendo vivida. Y gritas.

Y cuando oyes un golpeteo en el cristal destrozado y una voz de aliento, un teléfono que llama y la sirena de una ambulancia que se acerca, retornas a la vida. Y cuando en aquel frío hospital, un médico del servicio de urgencias a quien el turno de guardia le privó de estar con su hijo en la mesa, te emite el diagnóstico de levedad salvo complicaciones, comprendes que el misterio del nacimiento se ha vuelto a producir en esa noche; que tú, Álvaro, vuelves a tener a tu padre y que para mí, tu abuelito, en esa Nochebuena ha nacido mi niño.

domingo 1 de noviembre de 2009

Miedos

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Me cuentan, Álvaro, que anoche te despertaste llorando y desasosegado porque, en tu cunita, sentiste el abandono al no poder encontrar junto a ti el regazo materno. Y, me dicen, que no podían acallar tu llanto porque, por vez primera, habías experimentado esa extraña sensación que los mayores hemos dado en denominar " Miedo".

También, niño mío, yo he padecido mis miedos. Esas nubes negras y grises que bloquean y cercenan la Vida cuando se deja de tener una actitud abierta de libertad y plenitud en algún instante de ella y que, en momentos de debilidad, permiten que apaguen la espontaneidad y la actitud de sorpresa que sólo los niños, como tú Álvaro, tenéis, sin reparar que la gran diferencia radica en que los miedos son la única cárcel en la que la llave de la prisión la tenemos nosotros mismos y que si, en lugar de tomarla y abrir la puerta nos olvidamos de ello, terminaremos sintiéndonos cómodos en su interior.

Por eso, trocito de mi vida, ahora que tú y yo volvemos a estar solos, te quiero contar otro cuento. El cuento que Ángela, la tata, me contaba en las tardes de Otoño mientras con la paleta rasera removía castañas pilongas en la carbonilla del brasero....

Me contaba que le habían contado cómo hace mucho tiempo vino a vivir a la Fraga un hombre de la ciudad que era tenido por sabio. Estaba aquejado de un tumor maligno y el médico le había impuesto reposo en un lugar alejado de la urbe, porque has de saber, Álvaro, que las grandes ciudades las hemos convertido en un corral de hombres donde el aire está podrido, el sol enfermo, el agua envenenada y donde los árboles están anémicos en las aceras, los pájaros tienen cárcel de fino alambre repujado y las florecillas necesitan tiesto para ser transportadas entre terraza y balconada, como si de seres paralíticos se tratara.

Alquiló una casita blanca y pequeñita, casi de juguete, en el mismo corazón de la fraga. Costaba poco y no daba trabajo el limpiarla. Envió muebles y una gran librería con todos los utensilios para poder seguir trabajando en aquellas tareas que tanta gloria, reputación y dinero le habían proporcionado.

Y tan absorto seguía en su rutina, que ni siquiera el hombre sabio reparó de que podía coger ramas y piñas caídas en el camino de la entrada, con las que encender la lumbre de cada día, sin que nadie le cobrase ni lo reprendiese; ni que la gente, cada vez que se cruzaba con el forastero, invocaba a Dios al saludarle. Ni siquiera, Álvaro, de que el Aznaitín tenía el cielo más amplio y profundo que jamás había contemplado.

Y en esa ignorancia creía gozar de sus prescritos días de reposo hasta aquella noche de Invierno en la que se apercibió que, cuando los cuervos y palomas torcaces llegan de su viaje a reposar entre la fronda y los animalillos regresan a sus guaridas, los árboles de la fraga quedan quietos, la luz se hace tenue y toda la tierra queda misteriosa, expectante y vacía, porque, querido niño, la fraga en su extensión rugosa y resquebrajada por el estío, asemeja una inmensa tortuga que se dilata y contrae constantemente y que, como la respiración, durante el día inspira aire y con él toda la necesidad de estar y proteger a sus criaturas, y por la noche lo expira y entonces aparece la Sombra desconcertante, madre de todos los miedos. Y aquél desacostumbrado silencio de la fraga, cayó sobre nuestro hombre hasta el punto que sintió que una sensación de densa soledad, le sofocaba. Y, entonces, sintió miedo.

Y para remediarlo, mandó llamar a su joven y bella mujer y a su lindo hijo, tan pequeño y precioso como tú. Y con su presencia, creyó recuperar la Confianza y desechar el miedo al Abandono y a la Soledad.

Pero pasaron siete semanas y aquel hombre, Álvaro, volvió a sentir miedo cuando aquella noche, antes de dormir, besó en la frente a su hijito pequeño y reparó en la sutil tela que, luciendo los colores del iris, suspendía en un dedalito de seda a la laboriosa araña sobre el moisés. Y creyó de repente estar muy lejos de su ciudad, que tenía guardias y bomberos y hasta policía secreta y que él, sin embargo, se sentía en aquel lugar solitario rodeado de lobos y, posiblemente, de víboras. Y un terrible miedo a que algo o alguien pudiera lesionar a los suyos, enturbió su ánimo y su corazón. Así pues, Álvaro, aquel hombre sabio, desinsectó, tapó agujeros y rendijas y con ello, creyó remediar su miedo al Daño, pero restó luminosidad al interior de las estancias de su preciosa morada.

Siete semanas más tarde, ocurrió un hecho inesperado. Fusa, la comadreja de la fraga, hambrienta por varios días de frustrada cacería ante el precipitado cobijo de los animalillos en un otoño anticipado y repentino, decidió acercarse a los contenedores de basura de la blanca casita, y su estrépito fue tan grande como su inexperiencia. Nuestro sabio se despertó a media noche sobresaltado y las sombras de la luna llena deformaron imágenes y sensaciones de tal modo que creyó ver en la sombra de Fusa figuras humanas amenazantes y prestas a asaltar su hogar y arrebatarle sus pertenencias. Escuchó con los ojos abiertos en las tinieblas y rezó mentalmente hasta que el silencio volvió. Luego, el sueño devoró sus temores, pero cuando el sol del amanecer rompió las tinieblas, nuestro amigo puso rejas en todas las ventanas, forjó la puerta de entrada y compró un mastín para vencer su miedo. Y, sin embargo, Álvaro, tampoco logró ahuyentarlo, pues el cerramiento y blindaje de la modesta casita, le privaba de la luz blanca de la mañana que invade la fraga como regalo del Alba y hasta dudaba de la fidelidad de su perro guardián a quien bautizó como "Segundo" ( ¡ tanto era el miedo que sentía al paso del tiempo¡), pues al confiarle la guarda de su casa y su seres queridos, no podía evitar sentir la Inseguridad de haber dejado en manos ajenas su propia vida y hacienda.

Y pendiente de aquellas preocupaciones, sintió miedo a que su estancia en la fraga, ocupado de acometer remedios que garantizaran su bienestar, terminara por convertirse en temible Rutina que quebrara su creatividad intelectual. Y mandó establecer un enganche al poste vecino para conectarse con la ciudad y, al hacerlo, creyó vencer aquel miedo, pero perdió el sonido del canto de las oropéndolas que anidan en el nogal del porche, junto a la acequia, y el concierto que en la incipiente noche, regato arriba, se extiende por la espesura del monte cuando, los recién asentados machos del ruiseñor común, vueltos a sus tradicionales feudos, lanzan al aire sus mensajes de amor a las hembras de la especie.

Preso de tantos miedos vivía, que tardó siete semanas más en reparar lo que el espejo del salón delataba con la insolencia que sólo la realidad tiene. Y cuando notó las primeras canas adornando sus sienes, temió al Cambio porque pensaba que la cercana jubilación truncaría su carrera. Y un ansia de tener y poseer se apoderó de su ser. Trabajó de modo frenético, casi desesperado. Apenas salía y casi se relacionaba con su mujer ni su hijito. Se rodeó de premios, títulos y propiedades y contrató planes de pensiones y seguros de vida en un intento de vencer aquel terrible miedo a la Pérdida, que asfixiaba su existencia.

Y en todas esas preocupaciones y miedos se debatía, hasta que un día encontró a Perico "ponela". Lo vio caminando por la cuneta que perfila el ramal que comunica la fraga con el pueblo. Observó su torso desnudo y que con la camisa, anudada, se protegía la cabeza. En la mano derecha, una vara de almendro con la que azotaba espinos y apartaba ortigas, llevando bajo el brazo izquierdo la botella de tres cuarterones de vino blanco y peleón que en la Venta de Josito diariamente le suministraban. En su boca, una rama de espliego, en sus ojos la luz de Mágina y en sus labios una alegre canción. Se detuvo el forastero con la excusa de interrogar el lugar de aprovisionamiento, pues tan encerrado había pasado toda la vida desde que pisara la fraga, que nunca se atrevió a explorar los pazos vecinos ni traspasar la Vereda Real que desemboca en la Dehesa de encinos y quejigales. Y Perico le regaló su tiempo y su charla, pero cuando fue interrogado por sus propiedades en aquella vecindad, él le contestó que no tenía tierra alguna, más que aquellas que quisieran darle por sepultura el día en que dicho momento llegara; que amaba más que nada a aquella tierra porque siempre la trabajó y que se sentía afortunado de tener, cada momento, los pulmones llenos de aire.

Sucesivos encuentros, buscados de a propósito, vinieron a fortalecer el vínculo de Amistad entre sabio y hortelano. Y con " Ponela", nuestro hombre sabio aprendió a distinguir el canto del jilguero del de la perdiz; descubrió la diferente forma de anidar de todas las aves de la fraga; la madriguera de la liebre en la tobera seca que pasa frente a la acequia y hasta los huevos que la culebra deposita en primavera en el húmedo tojal que crece bajo la alberca "del tío patalata". Nunca probó mejor fruta que aquella que podía coger, desprendiéndola, del ciruelo en la base del pozo sifón de la linde; ni mejor regalo para su esposa que los pendientes de cerezas que cuidadosamente cogía, en las primaveras, con pedúnculo unido, descubriendo que, también, después de haber amado, se puede volver a Amar. Ni mejor juego que rastrear con su hijito los ponederos del gallinero a primera hora de cada mañana, ni que beber, de bruces, el agua del caz, tan fresca y limpia, como vena de sangre del puro y generoso corazón de la Tierra.

Y fue entonces, sólo entonces, cuando aquel hombre tenido por sabio, comprendió que se nace para no hacerlo de nuevo; que la grandeza de lo que somos no podemos perderla jamás porque ni se gana ni se pierde lo que simplemente es.

Recuerda, pues, Álvaro que la persona realmente sabia no es la que acumula sabiduría, sino la que saborea y disfruta la Vida deshaciendo los nudos vitales que tapan y callan sus sentimientos, pensamientos y acciones apagando su esencia divina. Porque el alma no gana ni pierde, no nace ni muere, no negocia ni manipula.


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Si así lo haces, nunca tendrás Miedo a perder lo que nunca puede perderse.


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viernes 2 de octubre de 2009

"Cuentos para Alvaro" ganador

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martes 1 de septiembre de 2009

Destino y Providencia

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Parece un dinosaurio dormido y sin embargo, Álvaro, es un monte.El más precioso monte de nuestra Fraga: El Aznaitín.

Tan hermoso es, que todas las nubes que por su cresta transitan no pueden resistirse al deseo de descansar en su lomo y regalarle, agradecidas, el contenido puro del líquido que llevan en su vientre. Otras, las que más permanecen, emplean su tiempo en revestirlo con un hermoso velo blanco para hacerlo visible desde todos los contornos de Mágina.

Él, imponente, se limita a guardar en su seno los dones de todas ellas sin importarle su color o tamaño, porque es sabio y conoce el valor de que lo que se regala sin motivo, únicamente se hace por amor.

Y aunque abriga los mejores pastos y hermosas y profundas grutas con leyendas de magníficos tesoros nunca encontrados, él siempre prefiere estos regalos que la Naturaleza le ofrece simplemente por amor. Y tanto y tanto amor recibe, Álvaro, que su vasto interior está tan pleno de líquido como las ubres de una ternera recién parida.

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Se diría que es tanto lo que en sus entrañas almacena, que habría podido reventar en un acceso de exhuberancia si tu bisabuelo, Álvaro, no hubiera acudido en su ayuda mandando construir, a los pies de su falda, un pozo que sirviera de aliviadero a sus demasías y excesos.

Por la bocamina del pozo discurre un cuerpo de agua que aflora en el encauzamiento que cruza toda la fraga: es el Caz de la fraga. Plácido y bello, como una lámina tersa y luminosa que ondula, parece una enorme serpiente, hoy azul, gris mañana, y que, a veces tiene oro en sus arrugas cuando el sol de primavera se asienta sobre las copas de los verdes olivos. Otras, el orgullo del cielo estrellado le regala su faja tachonada de ilusión de luceros y él lo luce como un cinturón adornado con brillantes con el que pretende seducir a la luna cuando se asoma a mirarse, desdibujada y siempre temblorosa..

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Desfila el caz entre abedules, álamos, olivos y mimbreras, que en invierno están firmes como soldados presentando armas y en verano tienden su toldo bajo el que pasa con sus cuchicheos y frescor, mientras las ramitas de los árboles vecinos al cauce dejan caer sus hojitas como cartas de amor a esa desconocida y remota enamorada que nunca responderá a su misiva, pero a la que necesitan concebir en ese espacio equivalente que justifique el propio hecho de su existencia.

Viéndolo así, cubierto en su superficie por innumerables seres que se desplazan contra corriente con patines en sus patitas, arrastrando multitud de burbujas, como náufragos con cabecita de cristal intentando asirse a la retama, y animado en su entraña por los componentes de un formidable coro nocturno de ranas, se diría que es feliz, pero el siempre soñó con ser torrente incontenido.

.Por eso, nuestro caz siempre sintió el fatalismo de quien se considera encauzado. Su origen era así y, lo peor, es que siempre seria así, y su curso vital comienza, discurre y termina allá donde el destino lo dispuso y nada ni nadie podrá variar su misión prefijada por otro.

Pero un día, aprovechando aquel lluvioso otoño, solicitó a los árboles de la Fraga que vaciaran las hojas de sus ramas como si fueran enamorados que arrojan flores desde sus ventanas. Y tanto y tan gran fue su acúmulo, que estancaron el caz haciendo una tupida presa marrón en la boca de su cauce. El caz no tardó en desbordarse y su contenido acabó vertiéndose por toda la superficie de alrededor, anegándola y dando fertilidad a cuanto a su paso encontraba. Y florecieron jaramagos, tulipanes, amapolas, violetas, albahaca y hierbabuena. Y junto al caz, el bisabuelo plantó frutales y un hermoso vergel de hortalizas que convivió, para siempre, con los plantones de olivos centenarios.

Fue entonces cuando comprendió, Álvaro, que aquella decisión no fue sino una expresión de su propia libertad capaz de intervenir su propio curso natural, porque actuando sobre su discurrir, fue capaz de modificarlo.

Mientras tanto, Álvaro, el bisabuelo murió creyendo que aquella porción de superficie de la Fraga que ahora inunda cada día el caz, siempre había estado destinada a que él plantara un vergel. Incluso aunque él nunca hubiera intervenido.

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Recuerda siempre, Álvaro, que solo hay una vida que vivir. Y que si al hacerlo se la sufre, el hombre piensa en el Destino. Si, por el contrario, la goza, creerá en la Providencia.

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¡ Vive¡




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viernes 29 de mayo de 2009

Grises

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Escucha, Álvaro.

Mucha gente opina que el color gris es el anticolor. Esa esencia que brota de atenuar el blanco con el negro, o viceversa. Que es un color contaminado, devaluado y asociado a la tristeza, a la melancolía, a la falta de talento o a las actitudes indecisas, generadoras de melancolías, de la prudencia mediocre de optar entre lo que nos conviene y lo que necesitamos, de la renuncia a la aceptación de que las cosas son como son y para de contar.

Por eso, dicen, que los sueños no emplean el gris, que la belleza y la pasión lo desechan y que ese es el motivo por el que, jamás, podremos encontrarlo en la paleta de los colores puros que conforman el arco iris.

Sin embargo, los que así piensan ignoran, niño mío, algo que sólo tú y yo sabemos. Porque ninguno de ellos ha permanecido, quieto, sentado sobre una gran roca gris lunar de las del Cerrillo de Costalo de nuestra Fraga con la mirada puesta en esa nube color topo, que todos los días de invierno se apoya e instala en el monte Aznaitín; una nube pesada y desmedida que abruma el horizonte y que jadea ráfagas azotando, con su aliento húmedo, el bosque de olivares para que exhiban el envés gris de sus hojas desafiantes como navajitas plateadas.

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Que cuando nuestros zapatos torpes doblan los jaramargos y zarzas, somos capaces de descubrir ramas de roble vestidas de musgo gris y que, cuando somos capaces de desprendernos de la superficie endurecida de nuestra ánima, ocupaciones y aborrecimientos cotidianos, resurge la tímida liebre con su camada de gazapos grises, color nube de primavera, que alumbró al abrigo de la madriguera instalada en la tobera que cruza el camino que conduce hasta el caserío donde Perico "ponela" y "La Pequeña", repasan su larga vida al calor de la lumbre que se delata a través del humo gris de la tosca chimenea. Y que, en ese silencio envolvente, hasta la perdiz y las torcaces se atreven a sacar sus polladas a la calva del monte, rodeada de pinos inmóviles, para que la blanca y fría luz de la luna de atardecer, luzca los grises del plumón de sus pechugas.

Distingue, pues, Álvaro, la luz de cada día de la semana, más que los colores, porque el propio sol de entre semana tiene una luz que alumbra y aún calienta, pero no anima. Las cosas son como son, sólo que los hombres tardamos en verlas.

No hay personas grises, sino almas sedientas.

miércoles 11 de marzo de 2009

El amor y el tiempo

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amor y tiempo
amor
Hace mucho, mucho, Tiempo, vino a vivir a la Fraga un joven marino. Hace tanto tiempo ya, que ni yo, ni siquiera tus bisabuelos, Álvaro, llegamos a conocerlo.

Cuentan, que estaba tan impregnado de Amor a la mar, que hasta tras la neblina que reduce el horizonte al amanecer, creía adivinarla. Y que, en las nubes bajas, veía formas y siluetas de barcos con sus velas blancas desplegadas.

Dicen que traía la mar en sus retinas y que, por eso, siempre la tenía presente. Por eso, y porque como buen marino atávico y esencial, soñaba.

A menudo soñaba con ella, con la mar. Cuentan que contaba que se veía, en sueños, mecido por su oleaje ya empujándolo, ya separándolo, en breve contacto, como de besos. Que luego, el lienzo de aquella sábana azul cedía y lo hacía descender, suavemente, como un trago de vino dulce, hasta penetrar en el fondo de su seno profundo igual que a uno más de los infinitos seres que habitan su regazo y que de ella se nutren.

Comentan, Álvaro, que nunca habría sido un buen labrador. Los labradores miran el suelo para trazar el surco en la tierra y al cielo no para admirar las estrellas, sino para implorar la lluvia o para maldecir el pedrisco, pero jamás sueñan.

Amaba, más que a todo, a la mar. Sin embargo, nuestro joven huésped no tenía otra alternativa, Álvaro, pues desde aquél aciago día en que el cabestrante enrolló su pierna izquierda, la sierra del cirujano no sólo amputó el miembro, sino que cercenó su vida y su Sueño.

Alquiló la más humilde cabaña de la fraga y pasaba los días en ella recluido del mundo, llorando. Con la lengua, recogía las lágrimas que resbalaban su rostro como queriendo encontrar consuelo en su sabor de salitre marino. Así, languidecía y se apagaba.

La Madre Naturaleza, apiadada de su criatura, quiso socorrerla. Por eso, cada vez que el joven marino lloraba, las lágrimas que regaban el pequeño huerto de la entrada hacían brotar rosas que, dependiendo del momento solar y de la intensidad de la amargura de ánimo, eran de una variedad diferente. Así fue como, frente a la puerta de la humilde cabaña, con el Tiempo, fue creándose el más precioso jardín de rosas que en el mundo existió, pues crecían las blancas Kaiserin Augusta Victora, junto a las amarillas Souvenir de Claudius Pernet; la Zigeuner Knabe con su carmesí púrpura; las Quuen Elizabeth asalmonada y las Elizabeth of Gladis, rozaban con su prima hermana, la rosada France, mientras el rojo coral de la Fragant Cloud, emulaba con la Peace y L´Etolile d´Holande. Tambien, Álvaro, crecía la más pura y bella de todas las rosas: La Iceberg, diminuta y blanca como una estrella en el cielo de invierno.

Nuestro joven marino pronto se hizo famoso en toda la fraga y su contorno. El castaño, el roble, el pino, el abedul y todos sus primos, aprovechaban las suaves ráfagas del Viento para mecerse y rozar sus copas arbóreas y transmitirse, mutuamente, las últimas noticias y novedades que trataban sobre la admiración que despertaba el jardín del marino. La zarza y las mimbres, enroscadas en los postes eléctricos, emitían mensajes sin cesar, pues su dueña, la Envidia, propalaba insinuaciones acerca de hechizos y embrujos, mientras que los labriegos hablaban de un guano de gaviotas y pingüinos que decían que el marino almacenaba de sus viajes de ultramar.

Relatan que el marino se hizo muy rico y famoso. Que todas las casas nobles y hasta las realezas continentales, encargaban los ornatos florales de sus eventos al huésped de la Fraga. Pero que, sin embargo, Álvaro, el marino seguía triste porque estaba lejos de su Amor que era la mar.

Como no cesara de llorar, la Madre Naturaleza acudió a sus ruegos, nuevamente.

- Madre Naturaleza- exclamó el marino- llévame junto a mi mar amada.

- Yo rijo el destino de los Hombres y no puedo ausentarme - respondió-. Más ordenaré que te sean enviados todos mis colaboradores por si alguno de ellos puede ayudarte.
Y la Fraga se sumió en días de profunda calma.....

Un día, apareció por la fraga una nube, joven y torpe, que inconsciente e inexperta, bajó tanto para admirar el jardín de flores del marinero, que rasgó su cenicienta envoltura con las altas copas de los pinos y todos los granos de agua de su negro vientre, cayeron. Llovió tanto que faltaba aire para respirar, y en varios días nada pudo moverse bajo la lluvia. El espacio se llenó de hilos líquidos como una cortina flotante. La Tierra, aterrada aún por la experiencia diluviana, desplegó toda su sabiduría para no anegarse: ordenó a los musgos ensancharse, a las piedras de los caminos que se adhirieran; cada hoja, que cargase con todas las gotas que pudieran soportar, y a los hongos, esos enanitos subterráneos maliciosos y burlones, que desplegaran sus paraguas....

Pero todo parecía resultar inútil. Tras más de diez días, al cesar la lluvia fue cuando el marinero contempló un remedo de su Mar amada frente a la puerta de su modesta cabaña. Y sin embargo, prorrumpió a llorar con más fuerza.

- Madre Naturaleza, dijo nuestro amigo, mi jardín de rosas está cubierto por una gran masa de agua. ¡ Por favor, sálvalas que se ahogará su fragancia¡

- Creé para tí un mar en esta verde y quebrada extensión de suelo, para que pudieras elevar su ausencia a lo más íntimo de tu ser, en su propia compañía - dijo ella, extrañada.

- Es que yo la amé tanto y, sin embargo ahora... - se interrumpió el marino con avergonzada melancolía, bajando la mirada.

- El amor nunca muere, es eterno y universal, pero tan sólo guarda todo aquello que sientes cada vez que surge en la memoria de tu alma como algo bello e imperecedero- le respondió.

Recuerda, pues, Álvaro. No dejes nunca morir aquello que te mantenga vivo.
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Utiliza tu cordura, mantén limpia tu alma y firmes tus pasos y tus convicciones, porque sólo así ennoblecerás tus actos.
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El Tiempo está en tu mente, el Amor, en tu corazón.