.Me cuentan, Álvaro, que anoche te despertaste llorando y desasosegado porque, en tu cunita, sentiste el abandono al no poder encontrar junto a ti el regazo materno. Y, me dicen, que no podían acallar tu llanto porque, por vez primera, habías experimentado esa extraña sensación que los mayores hemos dado en denominar " Miedo".
También, niño mío, yo he padecido mis miedos. Esas nubes negras y grises que bloquean y cercenan la Vida cuando se deja de tener una actitud abierta de libertad y plenitud en algún instante de ella y que, en momentos de debilidad, permiten que apaguen la espontaneidad y la actitud de sorpresa que sólo los niños, como tú Álvaro, tenéis, sin reparar que la gran diferencia radica en que los miedos son la única cárcel en la que la llave de la prisión la tenemos nosotros mismos y que si, en lugar de tomarla y abrir la puerta nos olvidamos de ello, terminaremos sintiéndonos cómodos en su interior.
Por eso, trocito de mi vida, ahora que tú y yo volvemos a estar solos, te quiero contar otro cuento. El cuento que Ángela, la tata, me contaba en las tardes de Otoño mientras con la paleta rasera removía castañas pilongas en la carbonilla del brasero....
Me contaba que le habían contado cómo hace mucho tiempo vino a vivir a la Fraga un hombre de la ciudad que era tenido por sabio. Estaba aquejado de un tumor maligno y el médico le había impuesto reposo en un lugar alejado de la urbe, porque has de saber, Álvaro, que las grandes ciudades las hemos convertido en un corral de hombres donde el aire está podrido, el sol enfermo, el agua envenenada y donde los árboles están anémicos en las aceras, los pájaros tienen cárcel de fino alambre repujado y las florecillas necesitan tiesto para ser transportadas entre terraza y balconada, como si de seres paralíticos se tratara.
Alquiló una casita blanca y pequeñita, casi de juguete, en el mismo corazón de la fraga. Costaba poco y no daba trabajo el limpiarla. Envió muebles y una gran librería con todos los utensilios para poder seguir trabajando en aquellas tareas que tanta gloria, reputación y dinero le habían proporcionado.
Y tan absorto seguía en su rutina, que ni siquiera el hombre sabio reparó de que podía coger ramas y piñas caídas en el camino de la entrada, con las que encender la lumbre de cada día, sin que nadie le cobrase ni lo reprendiese; ni que la gente, cada vez que se cruzaba con el forastero, invocaba a Dios al saludarle. Ni siquiera, Álvaro, de que el Aznaitín tenía el cielo más amplio y profundo que jamás había contemplado.
Y en esa ignorancia creía gozar de sus prescritos días de reposo hasta aquella noche de Invierno en la que se apercibió que, cuando los cuervos y palomas torcaces llegan de su viaje a reposar entre la fronda y los animalillos regresan a sus guaridas, los árboles de la fraga quedan quietos, la luz se hace tenue y toda la tierra queda misteriosa, expectante y vacía, porque, querido niño, la fraga en su extensión rugosa y resquebrajada por el estío, asemeja una inmensa tortuga que se dilata y contrae constantemente y que, como la respiración, durante el día inspira aire y con él toda la necesidad de estar y proteger a sus criaturas, y por la noche lo expira y entonces aparece la Sombra desconcertante, madre de todos los miedos. Y aquél desacostumbrado silencio de la fraga, cayó sobre nuestro hombre hasta el punto que sintió que una sensación de densa soledad, le sofocaba. Y, entonces, sintió miedo.
Y para remediarlo, mandó llamar a su joven y bella mujer y a su lindo hijo, tan pequeño y precioso como tú. Y con su presencia, creyó recuperar la Confianza y desechar el miedo al Abandono y a la Soledad.
Pero pasaron siete semanas y aquel hombre, Álvaro, volvió a sentir miedo cuando aquella noche, antes de dormir, besó en la frente a su hijito pequeño y reparó en la sutil tela que, luciendo los colores del iris, suspendía en un dedalito de seda a la laboriosa araña sobre el moisés. Y creyó de repente estar muy lejos de su ciudad, que tenía guardias y bomberos y hasta policía secreta y que él, sin embargo, se sentía en aquel lugar solitario rodeado de lobos y, posiblemente, de víboras. Y un terrible miedo a que algo o alguien pudiera lesionar a los suyos, enturbió su ánimo y su corazón. Así pues, Álvaro, aquel hombre sabio, desinsectó, tapó agujeros y rendijas y con ello, creyó remediar su miedo al Daño, pero restó luminosidad al interior de las estancias de su preciosa morada.
Siete semanas más tarde, ocurrió un hecho inesperado. Fusa, la comadreja de la fraga, hambrienta por varios días de frustrada cacería ante el precipitado cobijo de los animalillos en un otoño anticipado y repentino, decidió acercarse a los contenedores de basura de la blanca casita, y su estrépito fue tan grande como su inexperiencia. Nuestro sabio se despertó a media noche sobresaltado y las sombras de la luna llena deformaron imágenes y sensaciones de tal modo que creyó ver en la sombra de Fusa figuras humanas amenazantes y prestas a asaltar su hogar y arrebatarle sus pertenencias. Escuchó con los ojos abiertos en las tinieblas y rezó mentalmente hasta que el silencio volvió. Luego, el sueño devoró sus temores, pero cuando el sol del amanecer rompió las tinieblas, nuestro amigo puso rejas en todas las ventanas, forjó la puerta de entrada y compró un mastín para vencer su miedo. Y, sin embargo, Álvaro, tampoco logró ahuyentarlo, pues el cerramiento y blindaje de la modesta casita, le privaba de la luz blanca de la mañana que invade la fraga como regalo del Alba y hasta dudaba de la fidelidad de su perro guardián a quien bautizó como "Segundo" ( ¡ tanto era el miedo que sentía al paso del tiempo¡), pues al confiarle la guarda de su casa y su seres queridos, no podía evitar sentir la Inseguridad de haber dejado en manos ajenas su propia vida y hacienda.
Y pendiente de aquellas preocupaciones, sintió miedo a que su estancia en la fraga, ocupado de acometer remedios que garantizaran su bienestar, terminara por convertirse en temible Rutina que quebrara su creatividad intelectual. Y mandó establecer un enganche al poste vecino para conectarse con la ciudad y, al hacerlo, creyó vencer aquel miedo, pero perdió el sonido del canto de las oropéndolas que anidan en el nogal del porche, junto a la acequia, y el concierto que en la incipiente noche, regato arriba, se extiende por la espesura del monte cuando, los recién asentados machos del ruiseñor común, vueltos a sus tradicionales feudos, lanzan al aire sus mensajes de amor a las hembras de la especie.
Preso de tantos miedos vivía, que tardó siete semanas más en reparar lo que el espejo del salón delataba con la insolencia que sólo la realidad tiene. Y cuando notó las primeras canas adornando sus sienes, temió al Cambio porque pensaba que la cercana jubilación truncaría su carrera. Y un ansia de tener y poseer se apoderó de su ser. Trabajó de modo frenético, casi desesperado. Apenas salía y casi se relacionaba con su mujer ni su hijito. Se rodeó de premios, títulos y propiedades y contrató planes de pensiones y seguros de vida en un intento de vencer aquel terrible miedo a la Pérdida, que asfixiaba su existencia.
Y en todas esas preocupaciones y miedos se debatía, hasta que un día encontró a Perico "ponela". Lo vio caminando por la cuneta que perfila el ramal que comunica la fraga con el pueblo. Observó su torso desnudo y que con la camisa, anudada, se protegía la cabeza. En la mano derecha, una vara de almendro con la que azotaba espinos y apartaba ortigas, llevando bajo el brazo izquierdo la botella de tres cuarterones de vino blanco y peleón que en la Venta de Josito diariamente le suministraban. En su boca, una rama de espliego, en sus ojos la luz de Mágina y en sus labios una alegre canción. Se detuvo el forastero con la excusa de interrogar el lugar de aprovisionamiento, pues tan encerrado había pasado toda la vida desde que pisara la fraga, que nunca se atrevió a explorar los pazos vecinos ni traspasar la Vereda Real que desemboca en la Dehesa de encinos y quejigales. Y Perico le regaló su tiempo y su charla, pero cuando fue interrogado por sus propiedades en aquella vecindad, él le contestó que no tenía tierra alguna, más que aquellas que quisieran darle por sepultura el día en que dicho momento llegara; que amaba más que nada a aquella tierra porque siempre la trabajó y que se sentía afortunado de tener, cada momento, los pulmones llenos de aire.Sucesivos encuentros, buscados de a propósito, vinieron a fortalecer el vínculo de Amistad entre sabio y hortelano. Y con " Ponela", nuestro hombre sabio aprendió a distinguir el canto del jilguero del de la perdiz; descubrió la diferente forma de anidar de todas las aves de la fraga; la madriguera de la liebre en la tobera seca que pasa frente a la acequia y hasta los huevos que la culebra deposita en primavera en el húmedo tojal que crece bajo la alberca "del tío patalata". Nunca probó mejor fruta que aquella que podía coger, desprendiéndola, del ciruelo en la base del pozo sifón de la linde; ni mejor regalo para su esposa que los pendientes de cerezas que cuidadosamente cogía, en las primaveras, con pedúnculo unido, descubriendo que, también, después de haber amado, se puede volver a Amar. Ni mejor juego que rastrear con su hijito los ponederos del gallinero a primera hora de cada mañana, ni que beber, de bruces, el agua del caz, tan fresca y limpia, como vena de sangre del puro y generoso corazón de la Tierra.
Y fue entonces, sólo entonces, cuando aquel hombre tenido por sabio, comprendió que se nace para no hacerlo de nuevo; que la grandeza de lo que somos no podemos perderla jamás porque ni se gana ni se pierde lo que simplemente es.
Recuerda, pues, Álvaro que la persona realmente sabia no es la que acumula sabiduría, sino la que saborea y disfruta la Vida deshaciendo los nudos vitales que tapan y callan sus sentimientos, pensamientos y acciones apagando su esencia divina. Porque el alma no gana ni pierde, no nace ni muere, no negocia ni manipula.

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Si así lo haces, nunca tendrás Miedo a perder lo que nunca puede perderse.
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Nuestro joven marino pronto se hizo famoso en toda la fraga y su contorno. El castaño, el roble, el pino, el abedul y todos sus primos, aprovechaban las suaves ráfagas del Viento para mecerse y rozar sus copas arbóreas y transmitirse, mutuamente, las últimas noticias y novedades que trataban sobre la admiración que despertaba el jardín del marino. La zarza y las mimbres, enroscadas en los postes eléctricos, emitían mensajes sin cesar, pues su dueña, la Envidia, propalaba insinuaciones acerca de hechizos y embrujos, mientras que los labriegos hablaban de un guano de gaviotas y pingüinos que decían que el marino almacenaba de sus viajes de ultramar.

Entre las piedras discurría un río saltarín y gozoso. Aún era joven y no sabía de males de amor. Y al escuchar el llanto de las piedras, quiso consolarlas. Siempre el consuelo es de los más pequeños. Y el río, saltarín y gozoso, fue hasta el poblado a llevar misivas del amor preso por su misma fuerza, y sonriente en la lejanía. Y el picapedrero cojo, que también estaba enamorado de la sierra y de las piedras que se asomaban en lontananza, le cantó mudos quejidos de amor.


